Aceptado en la facultad de biología de la Universitat de València. :)Ahora falta pedir el traslado de estudios y pedir la segunda carrera.







Cuando nació la magia, todos temieron por la ciencia;
Puesto que la magia eran preguntas sin explicación.
La ciencia, serena, respondió que siempre hubo magia,
Y que ella, como siempre, se encargaría de destruírla.
Dos
La aguja creó un pequeño hoyo de tensión sobre la piel en la que se apoyaba. Después atravesó la epidermis y se sumergió en los tejidos, atravesando la dermis hasta encontrar un vaso sanguíneo. Lentamente, el dedo presionó el émbolo, inyectando el antivírico hacia el interior del cuerpo. El líquido se entremezcló con la sangre y fue arrastrado por el torrente. Una vez llegado el émbolo a su límite, extrajo la aguja de su piel y, a falta de algodón y desinfectante, le dió un lametazo al punto de inyección. Tenía un sabor metálico.
Ya estaba, eso era todo. Se había salvado. Su cuerpo se liberó en un único suspiro metabólico que sus labios exhalaron en éxtasis; y soltó la jeringa vacía. Se quedó tal cual durante unos momentos, con los ojos cerrados y con el dolor reciente en su brazo, hasta recuperarse lentamente y volver a abrirlos. Entonces, con las rodillas temblorosas, se puso en pie y dió unos pasos hacia el oeste.
El sol se hundía tras los rascacielos derrumbados, bañando la escena de tonalidades cálidas. Mientras, el cielo se pintaba de rosa carne.
__
Momentos antes, la pregunta del joven había atravesado a Catherine como una estaca.
-¿Dónde está Alice?
Catherine no hubiera podido contra él, no contra un hombre como Roi, que, aunque con sus diez y nueve años contaba dos años menos que ella, era de complexión fuerte. Tendría que abatirlo por la espalda.
Señaló con el dedo hacia la derecha, donde yacía su amiga.
Pero Roi no lo siguió con la vista. Había notado algo extraño, y estaba lleno de recelos.
-¿Por qué tienes la cara arañada?
Catherine no supo responder.
Roi dió unos pasos hacia ella y la agarró de un hombro, pero ella lo apartó, volteándose y exclamando de dolor.
-¡Tienes el brazo lastimado! Oye, dime ahora mismo qué es lo que-
Y se quedó parado.
Había visto a Alice. Estaba ahí, unos metros más abajo, tan llena de polvo como Catherine, pero con la cabeza llena de sangre y los ojos abiertos. Mirándole. No estaba sepultada. Y Roi comprendió que tampoco se había caído.
-¡Tú...!
Entonces, Catherine lo empujó con todas sus fuerzas. Roi se tambaleó con cara sorprendida, perdió el equilibrio y de despeñó. Rodó por la montaña de escombros hasta estamparse con la espalda contra un saliente de betón. Escupió sangre, pero no perdió el sentido.
-Serás zorra... –masculló.
Catherine empezó a correr en dirección contraria, pero la jeringuilla se le resbaló y golpeó el suelo, descendiendo por la pendiente. Catherine maldijo y retrocedió para recogerla. Mientras, Roi subía, la cara blanca de rabia.
-Una vacuna, claro. Una vacuna. Te voy a matar, cerda... –y agarró una barra de hierro oxidado.
La jeringuilla se detuvo y Catherine la agarró, pero ya era tarde: tenía a Roi encima.
La barra de hierro silbó en el aire cuando Roi tomó impulso, y Catherine se cubrió la cabeza.
Se oyeron dos golpes cuando Catherine recibió el impacto y retumbó contra el suelo, inerte.
Roi permaneció de pie, las dos manos asiendo el arma y un chorro de sangre descendiendo por su flequillo.
-No... es posible –susurró. Y cayó también, el cráneo profundamente hendido por detrás.
___
Alice echó una mirada más hacia el cielo, viendo ahora las primeras estrellas, y comenzó a descender. La cabeza le palpitaba, y la sangre seca le impedía abrir un ojo, pero todo eso importaba poco. Aún notaba el pinchazo en el brazo. Estaba salvada.
Y aún así estaba condenada: tendría que llegar lejos en poco tiempo, puesto que la noche iba a caer sobre la ciudad destruída, invocando todos sus peligros. Además, el clan la buscaría. Encontrarían los dos cadáveres y la perseguirían.
Tenía que andar rápido, muy rápido.
Como un espectro gris, Alice desapareció entre las sombras de los edificios.
Lo gris, parte 2: espectro.
Jens de Fries.


La magia existe y nos rodea,
Puesto que la magia es ignorancia.
Pocos son los que luchan contra la magia,
Puesto que todos somos magos.
Uno
La dosis de antivírico, de un transparente lechoso, absorbía las miradas de las dos mujeres vestidas de harapos. Estaba contenida en una jeringa pequeña de fácil uso y su aguja seguía encapuchada herméticamente. Eran ocho mililitros. Solamente ocho mililitros, pero bastaban para despertar en las mujeres instintos salvajes de supervivencia. Olvidaron rápidamente que eran íntimas amigas y que habían salido juntas a buscar comida entre los escombros del hipermercado. Olvidaron también sus largos años compartiendo risas y penas, y también olvidaron cómo se apoyaron la una en la otra tras el apocalíptico incidente. Por un momento, lo olvidaron todo, pero, claro, no se lo mostraron la una a la otra. Una lucha abierta no era una buena estrategia a seguir.
-Lo has visto, ¿verdad, Cathy?
Vaya pregunta absurda. Catherine no agotó muchas energías en responder: tenía un plan que urdir.
-Sí.
Alice la miró desde el lado, aún sujetando un canasto agujereado.
-¿Qué hacemos? Es la vacuna.
Catherine no contestó. Su mirada seguía fija en la jeringuilla. Claro que era la vacuna, no había duda. ¿Pero qué hacía allí y por qué no la habían visto antes?
-Catherine... –susurró Alice.
Catherine tomó una decisión. Era la única posible. No podían llevar la vacuna de vuelta al grupo, puesto que caería en manos más poderosas que las suyas. Y no podían compartir la dosis, puesto que era individual. Era simple: ella o Alice. Dió un paso hacia delante.
Ahora Alice la miraba fijamente. Su mirada había cambiado, sus ojos se abrían como platos y parecía detectar cada movimiento de su amiga. Apretó los labios y, sin variar la expresión, clavó la mirada en las piernas desnudas de Catherine, que dió un paso más.
Entonces, saltó.
Las mujeres rodaron por las piedras de la ruina, golpeándose y magullándose, bufando como felinas. Alice atestó a Catherine un golpe con el canasto de mimbre deshecho, arañándole la cara, pero Catherine había elegido un arma más efectiva: una piedra. Estando tumbada bajo el cuerpo de Alice y con el brazo derecho entumecido por la caída, pero tanteó con la mano libre, agarró un canto y lo estampó contra la mandíbula de su enemiga, cuya fuerza remitió por momentos. Catherine aprovechó y, liberándose, se alzó como pudo y arremetió con fuerza contra el cráneo de Alice, que yacía encorvada de dolor en el suelo.
Fue un golpe seco, y Alice, como una marioneta a la que le cortaran los hilos, perdió toda tensión en sus miembros.
Un profundo gorgoteo fue lo último que salió por entre sus secos labios.
Catherine, agitada por la adrenalina, soltó la piedra, que desencadenó un pequeño alud de escombros más abajo. Después, con una mirada diferente a la de segundos antes, subió al lugar del hallazgo.
La vacuna estaba ahí, entre los cristales rotos de un mostrador, igual a como la habían descubierto. Pero ahora la salvación que representaba estaba empañada por un horrible acto del que, poco a poco, Catherine iba tomando conciencia. ¿Qué le diría a los demás? ¿Cómo le explicaría al grupo que sus ojos ya no estaban inyectados en sangre, que estaba sana? ¿Cómo-?
-¡¿Alice?! ¡¿Catherine?!
Catherine se puso tensa. Las habían oído.
-¿Estáis ahí? ¿Va todo bien?
Reconocía la voz, era Roi. Un joven del grupo. Y estaba cerca, demasiado cerca como para poder Catherine inyectarse la vacuna. Podía recogerla, esconderla, pero sus miembros no le respondían.
-¡Ey...! ¿Estáis bien?
Mierda, pensó, mierda, mierda, mierda, muévete, maldita sea.
Cuando Roi salió de detrás del pilar, Catherine guardaba la jeringa en un pliegue de sus harapos. Justo a tiempo.
-¿Por qué no respondías?
-¡Ah!, Roi...
-¿Dónde está Alice?
Su suerte estaba echada. Podría haber inventado una excusa, mentir sobre un desprendimiento que explicaría sus heridas y el golpe mortal en el cráneo de Alice. Podría haberse inyectado el antivírico en secreto una vez que hubiera vuelto al campamento, y, después, haber pensado sobre su próximo movimiento con tranquilidad.
Pero su cabeza era un ciclón negro, sus ojos un vacío negro, su corazón un torbellino negro que bombeaba sangre a sus músculos en vez de al cerebro, y no se le ocurrió inventar una excusa.
Y, por segunda vez en minutos, tomó una decisión.
Lo gris, parte 1: escombros.
Jens de Fries.
