viernes, 7 de agosto de 2009

Oo. Lo gris: estallido

¡Cuidado! ¿Has leído "Lo Gris, parte 9" y "Lo Gris, parte 10"?




La vida empieza

cuando se encuentra algo por lo que morir.


Final

El sonido y la luz se extinguen por un instante.

Alice corre. Sus tímpanos parecen estallar.

Un rayo asciende al cielo, partiendo las nubes.

El estruendo es total, pero Alice puede ver cómo la gente grita en su inútil carrera.

Varias violentas ondas de choque parten las rocas, barren las montañas de escombros y tumban las vallas de la Mansión.


Las ondas alcanzan a Alice en plena carrera, disparándola hacia delante y estampándola contra una tienda de campaña.

Comienza a expandirse la semiesfera blanca de la explosión, rápida y destructiva, que se traga a las personas, que castiga a la tierra, que levanta vientos carbonizantes.

Algunos sufren el embate del viento explosivo, cayendo víctimas de intensas quemaduras, pero Alice se recupera de cada nueva herida y corre, corre hacia delante esquivando los cadáveres que siembran su camino.

La pared blanca de la mangánima explosión se desplaza velozmente en todas direcciones.

Finalmente, Alice llega a la mansión y entra por la puerta arrancada de sus goznes.

Sube por la primera escalera. Onda tras onda azota el edificio, haciéndolo temblar. Los muebles vuelan por doquier, pero Alice los evita y llega al pasillo superior.

Allí, choca contra una mujer anciana cuyo semblante sereno parece ajeno a la destrucción que la rodea. Alice grita algo entre lágrimas y muestra la jeringuilla que aún aferra.

Myrt se queda paralizada un momento. Mientras, un viento arranca los cuadros de las paredes. Después, lentamente, Myrt asiente. Le grita algo a Alice y le pone en los brazos varias carpetas de aspecto importante. Entra en su despacho, pero sale rápidamente con otro montón y la guía a través del pasillo destruído hasta la azotea.

Desde allí arriba ven cómo la enorme pared blanca se acerca.

Una granizada de cadáveres y cenizas cae sobre ellas. El helicóptero ya está preparado para el despegue, las hélices giran. A duras penas y agachadas, las dos mujeres alcanzan el helicóptero y entran. El piloto las apremia y aporrea un botón. Las anclas metálicas se sueltan con un chasquido y la máquina toma altura, golpeada por objetos que vuelan en el aire caliente.

Tras un despegue tortuoso, la máquina sube hacia el cielo

La explosión barre la mansión y continúa hasta el mar, levantando olas gigantescas. Alcanza la ciudad y remata la destrucción. Lo arrasa todo.


El piloto se eleva a través de humos, y Alice ya no ve más.

Suben y suben, cada vez más, elevándose por fin por encima de los humos, elevándose hasta donde el cielo no ha sido aún manchado, a donde el sol del amanecer lo baña todo.

Alice ya no llora. Ya no mira por la ventana.

Delante de ella, Myrt y el piloto callan. No hay nada que decir.


A su derecha, el montón de documentos salvados y la jeringuilla salvadora yacen sobre un asiento vacío. La dosis de antivacuna, color rojo escarlata, absorbe su mirada. Son ocho mililitros.

Solamente ocho mililitros.

Pero son suficientes para salvarlos.





Fin.-

Oo. Lo gris: estruendo

¡Cuidado! ¿Has leído "Lo Gris, parte 9"?




No hay pérdida sin ganancia
Ni cambio sin confianza.

No hay vida sin muerte,
Sólo un destino sin suerte.




Diez
Ni siquiera la luz del amanecer iluminaba el escondite.

Alice y Derek aguardaban, viendo cómo el general disparaba a un hombre agonizante y reunía las tropas tras el portón, que se cerró rápidamente. Se oyó una sucesión de ruidos metálicos y órdenes. Un coche arrancó.
Las altas vallas electrificadas, los pequeños muros y torres, los velos de plástico, los alambres y trampas que conformaban la defensa de Mansión Esperanza eran tantos que no dejaban ver más allá, y Alice no podía ocultar su decepción ante el fin de su viaje. Había presenciado el corto enfrentamiento entre soldados totalmente equipados y un grupillo de gente salvaje que habían sido masacrados. Un grupo de gente cuyo orgullo se había perdido entre las ruinas de su vida, cuyas aspiraciones se limitaban a sobrevivir, a no caer presas del virus que les enrojecía el cuerpo, a no sucumbir a ese virus que les dificultaba la respiración, que los mataba mientras dormían.

“Los de afuera” no eran gente estúpida, desde luego. Era gente que había tenido vidas normales, gente con familia, trabajo, dinero, sueños, gente que había viajado, leído, reído, tenido amigos... Era gente desesperada. Y, de alguna forma, Alice los comprendía.

-Mira –dijo Derek de repente, señalando por encima del coche destrozado que los escondía.

Alice clavó la vista en la cordillera de escombros que se alzaba ante las vallas de Mansión Esperanza y vió movimiento.

-Supongo que esta masacre de antes no sería la gran ofensiva de la que hablaban –comentó Alice.

-No, eso no. Creo que eran un señuelo. Pero fíjate ahora. Son muchos más.

-Sí –dijo Alice. –Mierda.

“Los de afuera” se asomaban por la cresta de las ruinas, comprobando la situación pero preocurando no ser visibles desde la fina torre de vigía que se alzaba entre las vallas y vallas de alambre de Mansión. Dos grupillos de niños, tapados por harapos grises que los disimulaban, descendieron por la ladera y salvaron corriendo la distancia entre el final de las colinas y Mansión. Durante unos segundos, los niños “de afuera” se escondieron en la zanja que antecedía a la primera valla y después, con lo que Alice había tomado por armas pero que en realidad eran herramientas, comenzaron a trabajar, un grupo a cada lado de la puerta, haciendo pequeños agujeros en el alambre. La corriente eléctrica les dificultaba la tarea, y Alice dudaba mucho que consiguieran llegar siquiera a atravesar la primera defensa.
Sin embargo, los niños sólo habían sido una avanzadilla, y más y más grupillos de gente, lo suficientemente pequeños para no llamar la atención de los vigías, se soltaban del enorme grupo principal y descendían, ayudando a abrir agujeros en la valla.
Era obvio que los soldados de Mansión Esperanza no se habían esperado una estrategia alternativa a la rutinaria, y en aquél factor sorpresa se basaban las confianzas de “los de afuera”.


Cuando, primero el grupo a la izquierda de la valla y después el grupo a la derecha de la valla, más cercano al escondite de Derek y Alice, hicieron señas con un harapo azul indicando la finalización de la tarea, la tensión se hizo palpable.
El ejército rudimentario brotó de detrás de las colinas como una ola, desdendiendo la colina entre gritos y pequeños aludes de piedras. Eran muchos, varios centenares, y estaban organizados en diez columnas de hombres y mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas armados con piedras, palos, barrotes, cocktails Molotov, cuchillos y armas de mayor calibre, como pistolas o escopetas. Era una marea de gente sin nada que perder, dispuesta a morir, dispuesta a abatir esperanzas mayores en pos de una pequeña esperanza personal. Los gritos e insultos, que llegaban apenas a escucharse desde la distancia a la que Derek y Alice se encontraban, fueron respondidos por sirenas de alarma: la Mansión había percibido el peligro.


Antes de que el cuerpo central de “los de afuera” llegara a ella, el portón de la Mansión se abrió, liberando un grupo de soldados. Los grupos de niños, que habían permanecido escondidos en las zanjas, saltaron hacia los soldados, sorprendiéndolos por los flancos y pagando esa distracción con su muerte. Sin embargo, fue efectiva, ya que el grueso del ejército, que empezaba a caer sobre los soldados, los pilló totalmente confundidos por la masa y la estrategia de sus enemigos. Más de un soldado no supo reaccionar ante el ataque infantil, y los niños escaparon de nuevo a los agujeros, perseguidos pero incesantemente abriendo los agujeros en las vallas. Las sirenas seguían ululando, los gritos y los disparos arreciaron.
Las primeras flechas, provenientes del onceavo clan que permanecía en lo alto de la colina, caían sobre la escena, abatiendo amigos y enemigos. Alice reconoció en ellos al clan que había matado a su nómada y a Thor.

-¿Y ahora qué? –susurró horrorizada.

Derek, que miraba absorto el campo de batalla, no contestó. Los nudillos de la mano que sujetaban el estuche de antivacunas estaban blancas. Una caricia de Alice aligeró su pulso.

-No... no sé.

Una bala perdida golpeó el capó del coche, sorprendiéndolos a los dos. Alice chilló y se agachó más aún.
Derek parecía absorto.

-Si ganan los soldados, rastrearán la zona y matarán todo lo que encuentren. No se arriesgarán a recibir otro susto como éste: matarán hasta el último infectado de la zona. No nos salvaremos. No nos creerán.

-Tampoco podemos huir, Derek.

-No. No ahora. No sé dónde está la próxima Mansión, pero está lejos, muy lejos. Hemos tenido suerte de llegar a ésta.

-Pero si ganan los salvajes, entrarán y utilizarán hasta el último recurso se la Mansión como hicieron con las vacunas. Estaríamos perdidos.

Alice se fijó en cómo una nueva oleada de soldados salía de la mansión, ahora liderada por un hombre con el torso desnudo que se movía en la multitud, desapareciendo y apareciendo, desarmado al parecer pero milagrosamente invencible. Dejaba una estela de muertos detrás suya.
Sin embargo, “los de afuera” parecían dominar la situación. Una importante cantidad de ellos se habían colado en los agujeros de las vallas, atacando a los soldados por detrás, obligándoles a luchar a dos frentes y así menguando su defensa. Aunque no podía verlo, Alice sospechaba que algunos ya se habrían adentrado más allá de las primeras defensas de la Mansión. Además, era probable que alguno de los peces gordos de los clanes, ahora vacunados, poseyera alguna capacidad de combate equiparable a la del general de los soldados...

Mientras, las flechas, piedras y gotas de sangre salpicaban la grisura del cielo.

-No hay nada que... –empezó.

Pero Derek no estaba a su lado. No había más que una jeringuilla escarlata. Alice la recogió y se giró, pero Derek no estaba. No entendía nada. Entonces, temblorosa, se levantó y miró por encima del coche.

Derek, con cuatro vacunas desenfundadas en una mano y un afilado trozo de vidrio en la otra, descendía hacia el campo de batalla, “los de afuera” a su izquierda y la Mansión a su derecha.

-¿¡Qué haces!? –gritó Alice, corriendo tras él.

Derek se giró hacia ella.

-Tendrán un helicóptero –dijo débilmente, señalando a la Mansión. –Seguro. Sobrevivirás.

Y, sin decir nada más, siguió descendiendo.

Alice no podía moverse. El terror la había paralizado. El terror ante la única respuesta a la situación, ante la única esperanza, ante todo lo que Derek no había dicho y el brillo de su único ojo le había desvelado. Todo le vino a la mente como fogonazos de comprensión, como destellos de luz, como puñales de fuego.
Deshaciéndose de la opresión en sus miembros, Alice fue tras él, queriendo gritar su nombre pero incapaz de despegar sus labios.

Nada más tocar la planicie, el brutal fragor de la batalla atrapó a Derek.
Su vidrio le perforó el brazo y manó la sangre a borbotones.
Un Gran Jefe Clan, cegado por las ansias de aniquilación, se le acercó, aullando y blandiendo sus largas uñas endurecidas, y Derek, sin apartar la vista del centro de la batalla, lo mojó de ácido, derrumbándolo en su ataque. Un grito de muerte más ascendió al cielo.

Entonces, se clavó la primera jeringuilla y bajó el émbolo. El antivírico rojo se mezcló en su sangre, resistiéndola y haciendo efecto.

Un soldado, desprovisto ya de su arma de fuego, le clavó un puñal en la espalda. Sin sentirlo apenas y sin cambiar la expresión en el rostro, Derek subió el émbolo y extrajo la jeringuilla, ahora llena de sangre. Con un movimiento fluído, Derek se dió medio vuelta y clavó la aguja en la cara del soldado. Presionó. Entre espantosos gritos de dolor, la cara del hombre se derritió por dentro.

Derek se inyectó la segunda dosis.

Siguió, más cojeando que andando, entre las nubes de humo que su sangre arrancaba al suelo al caer, se inyectó una antivacuna más. Notó un intenso calor en lo más profundo de su cuerpo. Dos flechas le golpearon el pecho, haciéndolo retroceder. Una bala la rozó la oreja. Pero Derek se recuperó y siguió, helado, indestructible, y alcanzó el centro de la batalla, el ojo de un huracán gris y escarlata.

-¡¡Derek!! –oyó. Era poco más que un sonido sordo a través de su destrozada oreja.

Derek se clavó la última antivacuna, y presionó.

El calor en su interior se hizo más fuerte. Notaba cómo le fluía por los miembros. Notó el brillo del sol en sus dedos. Se arrancó el parche del ojo ciego.
Las sombras cedían a su alrededor, y unos cuantos ojos incrédulos lo observaron, ahí de pie en la muchedumbre, con un ligero brillo palpitante.

Entonces, Alice, llena de magulladuras, lo alcanzó y abrazó. El cuerpo de ella lo protegió de una secuencia de balazos.
Pero no se inmutó.

-Debes correr... –murmuró él. La observó por última vez. –Helicóptero...

-¡¡No!! ¡¡No me hagas esto!! –gritó ella.

-Te quiero, Alice –pudo decir, apretándole la mano con la que ella sujetaba la antivacuna. –Pero debe ser así.

-Derek... –dijo Alice entre lágrimas.

-Alice... –exhaló él en un último suspiro luminoso.

___


El brillo del FED refulgó en los ojos de Malkin más que en ningún otro.

Ya nadie luchaba. Todos miraban incrédulos el brillante abrazo.

Era imposible, se dijo el general.
Todos estaban vacunados. Aquello era absurdo. Todo, de repente, todo era absurdo. Su defensa. Su eterna defensa, su lucha, sus sacrificios. Todo.
Mansión Esperanza, que se extendía a sus espaldas.
-¡¡No!! –rugió alguien, abalanzándose sobre Derek y golpeándolo. -¡¡No, no, no, ahora no!! ¡Mierda!

Despertados por la luz, los dos bandos olvidaron la batalla.

Si acababan con Derek, podrían evitar la explosión.

Se abalanzaron sobre él, disparando, pegando, golpeando, gritando, llorando, intentando destrozarlo.

___

Alice, arrancada de su abrazo, arrancada por fin del sueño que aún la ataba a Derek, cumplió la voluntad de su esperanza y corrió.
Corrió seguida por muchos otros, alejándose del brillo, alejándose de la batalla.
Corrió hacia la puerta de la Mansión, aún abierta, oyó chillidos de terror mientras atravesaba las vallas. Vió el horror en los ojos de los refugiados de Mansión ante la estampida de amigos y enemigos.

Y vió, a lo lejos, el edificio que daba nombre al campo de refugiados.
Y, en su tejado, un helicóptero.

___


Lágrimas descendían por las mejillas de Malkin.

Derek, no más que una silueta, bombeaba incandescencias, alternando luz y sombra en las gente que yacía sobre él. Solamente necesitaba unos segundos más de vida. Unos segundos de vida.
Unos segundos para acabar con todo lo que siempre había creído su única esperanza, su Mansión Esperanza.

Sin embargo, comprendió de pronto, su esperanza estaba podrida. Estaba acabada.
Como marioneta de su irracional destino, deseaba confiar en aquellos dos. Romperse a sí mismo. Romper con todo.

La luz de Derek barrió la mugre de su comprensión.

No lloraba de tristeza. Ni de desesperanza. Ni de alegría. Ni de resentimiento.
El general Malkin no lloraba por un sentimiento, sino por la arrolladora superioridad que sentía ante aquella luz.
Ante un cambio.
Ante la rendición que era lucha.

Aquél hombre necesitaba unos segundos de vida más para poder explotar.
Y el general Malkin, arrancándole gente de encima, se los proporcionaría.



Lo Gris, parte 10: estruendo.
Jens de Fries.

Oo. Lo gris: escapar


¿Sentido o destino?

¿Casualidad o causalidad?

¿Porque o por qué?

¿Vida o razón?




Nueve

Hasta la última de las nuevas vacunas de Derek había sido utilizada, y él y Alice habían acabado encerrados en una pequeña jaula.

Era sin duda la antigua jaula de algún animal, quizá de un zoo, quizá de un circo, Derek hasta llegó a pensar que podía hasta tratarse de la jaula del lobo con el que se cruzaron, pero los olores de la cercana montaña de basura tapaban cualquier rastro que el animal podría haber podido dejar. Alice se preguntaba por qué el clan de capturadores no los habían matado ya, aunque los rastros de sangre en las jaulas adyacentes y la siempre existente escasez de alimentos le habían dado algunas pistas sobre su destino. Estos días habían escuchado comentarios sobre una inminente gran batalla y sobre los planes de los Once Grandes Jefes Clan para adentrarse en la Mansión Esperanza, no lejana del campamento donde estaban. La denominación “campamento”, que es como habían oído llamar al amasijo de chabolas, tiendas y personas resultante de la alianza de once clanes, era una evidente sobrevaloración, y Derek, que aún no estaba acostumbrado a tales panoramas, había estado asustado en un principio. Alice, al contrario del médico, había tenido una vida nómada y había pertenecido a un clan. Se preguntó si uno de los once clanes allí reunidos era el que había exterminado a Thor y compañía... y si no hubiera sido mejor sucumbir junto a ellos. Si iba a servir como comida, preferiría estar muerta. Además, si descubrían que era capaz de regenerarse, la tomarían como una fuente inagotable de alimento, condenándola a una vida de sufrimiento eterno.

Además, ya no había vacunas. Los Once Grandes Jefes Clan y algunos afortunados habrían hecho uso de ellas cuestionando su acción tan poco como el ataque que planeaban contra la Mansión Esperanza. Y, sin las vacunas, todo volvía a estar como al principio: perdido.

Sólo Derek, que últimamente había estado callado y agarrado a su mochila vacía de antivíricos como un niño que se agarra a su muñeco en la tormenta, le proporcionaba consuelo. Él sentía algo por ella, y, aunque Alice no se estaba segura sobre si aquel sentimiento era o no mutuo, no había rechazado ni uno de los tristes besos, ni una de las apagadas caricias. El médico profesaba un sincero cariño desesperanzado, pero estaba callado y triste. Los dias encerrados habían pasado lenta, muy lentamente.

Pero hoy, Derek estaba diferente. Una pequeña chispa le brillaba en los ojos: parecía jugar con una idea, sin atreverse a formularla, pero planeándola, echando miradas fogosas a donde yacía Alice. Hasta había bebido cuatro grandes tragos del cacharro de agua sucia que les daban cada mañana.

Por la tarde, cuando les echaron una lata de atún pasada de fecha como única comida, Derek habló al fin.

-Escapamos esta noche.

Alice se giró hacia él. Confiaba en el médico. Asintió con la cabeza.

-¿Cómo? –susurró.

Derek se le acercó rápidamente y la miró a los ojos. Se miraron durante un corto tiempo, entonces Derek le levantó la barbilla cariñosamente y se inclinó besándola en los labios. Alice, no poco sorprendida, cerró los ojos, notando cómo sus nervios se apelmazaban en su boca, en el punto de fusión, notando el suave masaje de los labios, el abrazo de las lenguas, los pinchazos de la barba... y él se separó de nuevo, lentamente, abriendo los ojos después que ella, saboreando el momento.

-Sangraré por nosotros -contestó al fin.

Alice supo que era una locura, que Derek había sufrido demasiado y que no tenía fuerza, que su ojo y su pierna le dolían, pero el beso la había paralizado. Agachó la cabeza, comprendiendo que había caído en su trampa.

-Aún no hemos perdido, ¿verdad? –consiguió decir. Sonrió tímidamente.

Derek sonrió a su vez.

-Será complicado, pero aún queda la antivacuna.

Alice comprendió. A parte de las nuevas vacunas, en las mochilas habían llevado vacunas convencionales, latas de comida, píldoras energéticas y frascos de sangre ácida. Y antivacunas. Al capturarlos y encerrarlos, habían luchado por la mochila con uñas y dientes, lanzándoles los últimos frascos de sangre, pidiendo, suplicando, pero no les habían hecho caso. Como burla, les habían dejado en la jaula la mochila con todo aquello que consideraban inútil. Y, tras comprobar sus efectos, las antivacunas les parecieron extremadamente inútiles.


Alice, que había confundido el líquido rojo con sangre de Derek, preguntó. Derek le había explicado que, para no correr los mismos riesgos que en la vacuna anterior, su padre había desarrollado un suero que anulaba los efectos de la nueva vacuna, devolviendo a la persona al primer estado, un estado en el que la FE seguía activa y el riesgo a FED volvía a estar latente.

A partir de aquella antivacuna, la creación de la nueva vacuna se vería facilitada. No era ni mucho menos lo mismo que la vacuna, había explicado Derek, pero en buenas manos, la antivacuna era mejor que nada.

Y, mientras perdurase la esperanza, el viaje no habría terminado.

___

La sangre goteaba sobre el extremo inferior del tercer barrote, fundiéndolo entre siseos. Cuando Alice pudo al fin moverlo con un crujido, arrancaron un trozo de tela y ataron con fuerza el corte en el brazo. La tela se fundió un poco, pero el corte no era profundo: al fin y al cabo, no habían necesitado mucha sangre.


Dejaron todo atrás, siempre siguiendo el sonido de las olas, con la noche cerrada sobre ellos, ocultándolos. No les vió nadie, no habían guardias. Al parecer, los once clanes preparaban realmente un ataque, y toda persona capaz de blandir un arma reunía fuerzas esa noche.


La luna estaba alta cuando llegaron a la orilla.

Las nubes se reunían. El horizonte marino se fundía en la negrura.

Eran él, ella y unas pocas jeringuillas escarlatas.


A lo lejos, se adivinaban las vallas de la Esperanza.

___



Malkin oía, olía, sentía y veía todo.

Había aprendido a controlar su hipersensibilidad nerviosa para liberarla en batallas como ésa. No llevaba camiseta para así absorber a través de la piel toda la información que los golpes de aire le proporcionaban de su alrededor. Notaba una bala metros antes de que impactara sobre su cuerpo, dándole tiempo de sobra para esquivarla. Podía ver cada gota de sangre que salpicaba a su alrededor, oler cada cuerpo sudoroso, escuchar los latidos de corazones y adivinar así las intenciones de los que lo rodeaban. Se movía como una serpiente, esquivando y golpeando, en un océano a cámara lenta. Oyó un silbido tras él y se agachó, girándose y esquivando la cuchillada, golpeando después la muñeca que sujetaba el cuchillo y apropiándose del arma. Un potente rodillazo del general tumbó a su enemigo. Un garrote que se acercó por la derecha y falló el golpe. Su portador cayó al suelo, el cuchillo de Malkin profundamente clavado en el pecho.

Entonces, se le acercó alguien diferente. Era un hombre menudo, sin duda importante por su ropaje, que llevaba una pistola uzi en una mano y una barra metálica en la otra.


Sin embargo, no era eso lo que escamaba a Malkin, sino sus ojos: no eran rojos.


¿Uno “de los otros” había conseguido una vacuna? ¡¿Cómo?! No tuvo tiempo para pensarlo. El golpe de la barra metálica, demasiado fuerte como para no ser consecuencia de una FE, retumbó en el suelo como un terremoto. Malkin casi no consiguió esquivar las balas que llovieron a su alrededor. Una flecha perdida se clavó junto a pierna. Le había rozado el musculoso torso, arañándolo, y sus nervios hipersensibilizados le enviaron un tsunami de dolores arrolladores al cerebro, despertando una ira ciega. El hombre menudo cogió ahora la barra y la pistola con la misma mano y disparó mientras golpeaba. Malkin lo esquivó, pero escuchó el impacto de balas sobre carne detrás suya. Un brutal golpe lateral de la barra ante el que Malkin había retrocedido destrozó a otro soldado más. Fue más de lo que el general pudo soportar.

Su pie, levantando una estela de polvo, barrió el suelo y las piernas de su enemigo, tumbándolo en el suelo y haciéndole soltar las armas. Aún en el giro, Malkin agarró la barra y, con toda la potencia centrífuga, la descargó sobre la cabeza del enemigo tumbado. El metal tocó suelo tras atravesar el cráneo.

El Gran Jefe murió al instante.


Malkin esquivó otra flecha y, entonces, entre todos los gritos y disparos, el viento le trajo al oído una voz. Era una voz de mujer, una voz cargada de amargura, de pérdida. Era un grito desesperado.

-¡¡No!! ¡¡No me hagas esto!!

Sin saber por qué, Malkin se movió hacia ella.

-Te quiero, Alice –dijo una voz de hombre. -Pero debe ser así.

Estaba cerca. Estaba en medio de la batalla. Absorto por los gritos desgarradores, Malkin no notó cómo unas balas le atravesaban el cuello. Una flecha se clavó en su abdomen. El dolor era insufrible.

-Derek... –la voz de ella lloraba.

-Alice... –contestó él, apenas un susurro.


Malkin corrió hacia ellos sintiendo cómo el destino lo arrastraba hacia aquellas personas, cómo le arrancaba su vida. Acabó con varias personas en su carrera.


Y, finalmente, a través de un velo de luz, los vió.


Ahí estaban: una mujer, un hombre.


Un suspiro brillante.



Lo Gris, parte 9: escapar.
Jens de Fries.

lunes, 3 de agosto de 2009

Oo. Soleil

Mañana me voy por unas semanitas a Francia de vacaciones,
así que supongo que actualizaré menos hasta que vuelva
(por cuestiones de conectividad al internet), sorry (!).

Espero que paséis una buena segunda mitad de verano ^^.

Intentaré no desaparecer del todo. ;P Abrazos.

domingo, 2 de agosto de 2009

Oo. Up

Largometraje.
País de producción: USA (2009).
Dirección:
Pete Docter, Bob Peterson.
Reparto: animación.
Duración: 96 min. aprox.


Carl Fredricksen, un ex-vendedor de globos de 78 años, cumple al fin la promesa de su vida: volar hasta las Cataratas Paraiso en América del Sur. Sin embargo, no cuenta con que un pequeño expedicionista se "cuela" en su casa a la hora de despegar ésta con la ayuda de un ejército de globos de helio.
Y, en su viaje, viejo, joven y casa encontrarán muchas más aventras y sorpresas de las que pudieran haber imaginado...



Sin duda alguna, la mejor peli que he ido a ver al cine en mucho, mucho tiempo.

Supongo que ya estaréis hartos de leer críticas positivas sobre esta maravilla de Pixar, pero aún así merece otra buena crítica más.

Qué decir... Es preciosa, preciosa tanto al nivel visual como en profundidad, con miles de metáforas y conexiones, con mensajes sobre la ética, los recuerdos, las relaciones entre ancianos y jóvenes, la modernización, la ecología, los sueños, el amor,...
Sé que soy un poco llorica para las pelis, pero ésta me tocó muy hondo ya a los diez minutos de peli, y lo continuó haciendo durante todo el tiempo.

Y, a pesar de todo ello, la peli con la que más me he reído en mucho, mucho tiempo (también). Sin duda alguna, más graciosa que Ice Age. Era genial: de un momento a otro pasabas de llorar de risa (lloré de risa, cosa que no me pasa muchas veces xD) a llorar de emoción (qué blando soy, ¿no?).
Para los que la hayáis visto ya o los que la vayáis a ver, acordaos de "¡Ardilla! O_O".
XDDDDDDDDDDDDDDD En fin, es que es indescriptible, toda la sala muriéndose de risa.
Tantísimas gracias buenas...

Los personajes, como deben ser.
Carl, al ser viejo, tiene mucha historia detrás, y es un personaje muy profundo, es impresionante cómo la animación te puede mostrar lo que siente este hombre en cada momento. ¡Quiero un abuelo igual!
Russell, el explorador, es muy entrañable también, con una historia familiar un poco chunga que lo hace más complejo de lo que en un principio parece. Es muy mono.
Dog y Kevin, muy muy acertados también pese a ser animales.


Las escenas de acción, chulas.

La música de Michael Giacchino, increíble como siempre.

La animación de Pixar, inmejorable.

No veo nada importante que criticar. Quizá que haya partes previsibles, aunque la historia no es en absoluto como tú te crees que va a ser cuando entras en la sala, así que tampoco cuenta mucho.

Si no os he convencido con esto, no puedo hacer nada más.
Os la recomiendo a muerte.

viernes, 31 de julio de 2009

Oo. Los Otros

Largometraje.
País de producción: España (2001).
Dirección: Alejandro Amenábar.

Reparto: Nicole Kidman; Fionnula Flanagan.
Duración: 104 min. aprox.

Grace, madre de un niño y una niña, contrata a 3 sirvientes para que le ayuden en el mantenimiento de su mansión mientras esperan el regreso de su marido, que no ha vuelto tras la 2da Guerra Mundial. Las reglas de la casa son estrictas: no abrir una puerta sin haber cerrado la anterior y mantener cerradas las cortinas de las habitaciones por las que pasen los niños, que sufren fotofobia.
Sin embargo, no son solamente las extrañas reglas las que parecen sorprender a los sirvientes nuevos: hay alguien más en la mansión, alguien que al parecer sólo la niña puede ver...



T-e-n-s-i-ó-n.
Hacía mucho que no estaba tanto en tensión, no ha habido ni un sólo segundo en el que no tenía ganas de saber qué se cocía en la casa y cómo seguiría la historia.

A pesar de ser un planteamiento típico, tipiquísimo (niña de blanco de fantasmas, nuevos sirvientes un tanto extraños, mansión victoriana, oscuridad), todo es perfecto para atrapar al público en una red de disyuntivas: ¿luz o sombra? ¿verdad o mentira? ¿Otros o no Otros?

El final, bestial.
Nicole Kidman, bestial.
La banda sonora, acertadísima.
El entretenimiento, máximo.


Oo. Compra pre-Francia

Nodame Cantabile 10; Saint Seiya: The Lost Canvas (Hades Mythology) 7; Gintama 11; One Piece 47 (comprado hace unos dias pero lo añado igualmente)




Nodame Cantabile 10
Portada: ¡chulísima! Un poco cursi, pero es diferente a las demás.

La serie se ha vuelto a superar: el mejor tomo. No pensaba que me iba a gustar tanto Nodame, mejora y mejora y cada vez está más entretenida y más graciosa.
Me encanta este comienzo nuevo en París, los personajes introducidos (a lo tonto, 5 más en un tomo) y cómo se desarrolla todo. El concurso de directores me parece chulísimo.
Qué serie más fresca. ^^



Saint Seiya: The Lost Canvas (Hades Mythology) 7
Portada: me gusta. Si te fijas, se ve el pentágono de Hades detrás de los personajes (color salmón).

Otro que tal. ¡Qué guay, guay, guay! No hay mucho combate, pero eso ¡me encanta! Lost Canvas es muchísimo más variada que la SS original, los personajes son más interesantes (aunque tampoco se lo traen mucho, la verdad). Me han encantado Pandora, Manigoldo y Yuzuriha.
El dibujo, mejor aún que en los anteriores. El de las páginas 42/43... y todos... chulísimos.

Nada más que decir, quiero leer el 8.



Gintama 11
Portada: si no fuera por el rosa... -_-

Un tomo muy atípico, ya que la segunda mitad es una historia más larga y mucho más seria de lo que estamos acostumbrados los que leemos la serie. Así que me ha dejado un poco descolocado.
Me encanta el capítulo de Noriko Mach.





One Piece 47
Portada: nada especial.

Al parecer, un tomo "intermedio" entre el principio de la saga y su nudo, así que mucha explicación (un tanto extraña). Me gusta por ser One Piece, pero es un poco más aburridillo que los anteriores. Esta saga parece ser un poco más rollo.